Dimensión social de la práctica docente, apuntes para la reflexión.

En momentos en que todo el magisterio chileno está inmerso en el estudio y reflexión de su práctica pedagógica, desde el Primer Congreso Pedagógico Curricular, es adecuado fijar la mirada en algunos aspectos específicos de su vida profesional y práctica pedagógica
Considerado el curriculum desde una mirada amplia, todo el quehacer educacional debe ser objeto de análisis, pero en este espacio nos centraremos en el profesor/ profesora, su acción en el aula y la dimensión social de esta tarea.
El trabajo docente es un quehacer que se desarrolla en un entorno histórico, político, social, geográfico, cultural y económico particular, que le imprime ciertas exigencias y que al mismo tiempo es el espacio de incidencia más inmediato de su labor. Este entorno que de manera genérica supone un conjunto de condiciones y demandas para la escuela, representa, no obstante, para cada maestro, una realidad específica derivada de la diversidad de condiciones familiares y de vida de cada uno de sus alumnos y alumnas.
La dimensión social de la práctica docente intenta recuperar un conjunto de relaciones que se refieren a la forma en que cada docente percibe y expresa su tarea como agente educativo cuyos destinatarios son diversos sectores sociales; asimismo, procura analizar la forma en que parece configurarse una demanda social determinada para el quehacer docente, en un momento histórico dado y en contextos geográficos y culturales particulares, la cual no necesariamente corresponde con lo que el maestro considera su aportación a la sociedad.
Entendemos como “repercusión social de la práctica docente en el aula†el conjunto de decisiones y de práctica de los maestros ante la diversidad de condiciones culturales y socioeconómicas de sus alumnos y que los coloca en situaciones desiguales frente a la experiencia escolar. Este es, sin duda, el espacio donde se pone en juego de manera más clara la desigualdad de oportunidades educativas. La equidad que la escuela pública asume como compromiso constitucional se expresa en última instancia en lo que ocurre en cada aula escolar y en cada escuela.
El contenido general de análisis de esta dimensión se basa en reflexionar, sobre el sentido de su quehacer en el momento histórico que vive y desde el entorno particular en el que se desempeña, así como sobre las expectativas que pesan sobre él y las presiones que recibe tanto por parte del sistema como de los destinatarios de sus tareas.
Desde una propuesta de análisis de la dimensión social de la práctica docente aparecen preguntas como las siguientes: ¿Cuáles son los actuales desafíos que enfrentan maestros y maestras hoy, como aspecto importante de una revisión necesaria sobre la función social de su práctica? o también, en el medio en que trabajas ¿qué retos específicos para nuestra práctica se hacen presentes a través de las situaciones de vida de alumnos y alumnas.?
Son también contenidos de análisis el entorno social, político, económico y cultural de la práctica docente; la función social del docente; la valoración social del trabajo docente; las condiciones de vida de los alumnos y sus demandas y la igualdad de oportunidades educativas y de trabajo docente.
Desde luego deberá reconocerse los procesos que determinan el momento histórico que vivimos como país, desde el punto de vista económico, político, social, cultural y educativo y la forma en que estos factores obligan a replantear la función social de la escuela y el maestro/a.*
Pero es necesario ir más allá, nuestra preocupación debe generar un “ compromiso por la transformación social†que debemos asumir como maestro/a desde nuestra práctica pedagógica.
En palabras de Paulo Freire: “ no hay nada o casi nada en nuestra educación que desarrolle en nuestro estudiante el gusto al estudio, a la comprobación, a la “ revisión†de los descubrimientos que desarrollaría la conciencia transitivo - crítica. Por el contrario, su peligrosa superposición a la realidad intensifica en nuestros estudiantes su conciencia ingenua.
La propia posición de nuestra escuela, generalmente maravillada ella misma por la sonoridad de las palabras, por la memorización de los fragmentos, por la desvinculación de la realidad, es una posición característicamente ingenua.
Nuestra cultura basada en la palabra corresponde a nuestra inexperiencia dialogal, de investigación, de estudio, que, por otro lado está íntimamente ligada a la crítica, nota fundamental de la mentalidad democrática. La democracia y la educación democrática se fundan en la creencia del hombre, en la creencia de que ellas no solo pueden sino que deben discutir sus problemas, el problema de su país, de su continente, del mundo; los problemas de su trabajo, los problemas de la propia democracia.
¿Cómo aprender a discutir y a debatir con una educación que impone?
Dictamos ideas. No cambiamos ideas. Dictamos clases. No debatimos o discutimos temas. Trabajamos sobre el educando. No trabajamos con él. Le imponemos un orden que él no comparte, al cual sólo se acomoda. No le ofrecemos medios para pensar auténticamente, porque al recibir las fórmulas dadas simplemente las guarda. No las incorpora, porque la incorporación es el resultado de la búsqueda de algo que exige, de quien lo intenta, un esfuerzo de recreación y de estudio. Exige reinvención.
¿Pero cómo realizar esta educación? ¿Cómo proporcionar al hombre medios para superar sus actitudes mágicas o ingenuas frente a su realidad? ¿Cómo ayudarlo a comprometerse con su realidad?
Nos parece que la respuesta se encuentra en practicar:
a) un método activo, dialogal, crítico y de espíritu crítico.
b) una modificación de los programas educacionales.
c) el uso de técnicas adecuadas a la participación y la creación.
Fundamentalmente el diálogo, ¿Y qué es el diálogo? Es una relación horizontal. Nace de una matríz crítica y genera crítica ( Jaspers). Se nutre del amor, de la humildad, de la esperanza, de la fe, de la confianza. Por eso sólo el diálogo comunica. Y cuando los polos del diálogo se ligan así, con amor, esperanza y fe uno en el otro, se hacen críticos en la búsqueda de algo.
La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor. No puede temer al debate, al análisis de la realidad; no puede huir de la discusión creadora, bajo pena de ser una farsa.*
Como Movimiento Pedagógico consideramos que esta instancia de análisis, estudio y reflexión fruto del desarrollo de nuestro Congreso Pedagógico Curricular es un momento histórico para el país y para los / las maestras y maestros, en la búsqueda de respuestas a las múltiples interrogantes que nuestra tarea educativa nos plantea.
Norma Moreno O.
Movimiento Pedagógico, Octava Región.
Bibliografía:
*Transformando la práctica docente; Cecilia Fierro y otras Paidos,
*La educación como práctica de la libertad. Paulo Freire, Siglo Veintiuno de España, Editores.